Detrás del ‘Me voy’ hay una pregunta: ¿Seguiréis ahí para mí?
Puede pasar con cualquier niño o adolescente que en algún momento sea particularmente rebelde. Que se enciendan discusiones en casa y acaben con un “¡Me voy de casa!” o “¡Os odio!”.
Si ante un escenario como este la respuesta instintiva fuera: “¡Vete!” o “¡Ya no vuelvas!”, con un niño adoptado debemos evitar reaccionar así a toda costa.
Con estas provocaciones, nos están poniendo a prueba: están testeando si seguimos queriéndoles, si seguimos siendo su lugar seguro o si incluso nosotros podríamos abandonarlos.
Hay que mantenerse firmes: aunque hayan hecho algo malo o dicho una barbaridad, tenemos que hacerles entender que no los dejamos marchar, que esta casa seguirá siendo su lugar seguro. Tienen que entender que el amor de los padres y de los familiares es tan fuerte que no vamos a permitir que se alejen.
Si ellos se van, ¡nos vamos con ellos! ¡O todos o ninguno!
Tienen que entender que somos una familia, y que no nos separamos. El vínculo no se puede romper, pase lo que pase.