Las pérdidas tempranas dejan huellas emocionales, incluso cuando la memoria no las recuerda
A primera vista se podría pensar que no todas las criaturas adoptadas fueron abandonadas. Quizá los padres murieron en una catástrofe natural. O se podría pensar que, por ser adoptadas en los primeros días de vida, las criaturas no perciban el abandono ni se acuerden de nada.
Pero el cuerpo lleva la cuenta (título también de un libro), y no podemos dejar de considerar que el bebé estuvo nueve meses en la barriga de una mujer, que oyó su voz, que olió su cuerpo y que, de repente, todo eso ya no está.
Además, aunque las criaturas fueran abandonadas a los pocos días, tendrán que elaborar ese abandono y aprender a confiar otra vez en las personas cercanas.
Seguramente, en algún momento de la vida de la persona adoptada (y muchas veces durante la adolescencia), este dolor saldrá —como rabia, tristeza o depresión— y se tendrá que elaborar.
Muchas personas creen que es más fácil o mejor adoptar a un bebé recién nacido. Creen que eso conlleva menos problemas para la familia adoptante y elimina posibles traumas en los adoptados, pero no es así. Cualquier abandono, cualquier cambio importante en la vida incluso en un bebé le deja marcas. Con el paso de los años surgirán preguntas, dudas, y el proceso de la construcción de la identidad será una fase importante para todos las personas adoptadas, independientemente de la edad a la que llegaron a su nueva familia.